martes, 16 de julio de 2013

-Parece que el universo está conspirando, ¿eh? -dijo tragando las últimas gotas de agua del vaso de cristal.

La miré. Me di cuenta de que tenía esa mirada: la que te deja con ganas de más. Se acercó los dedos a la barbilla y comenzó a toquetearla, hasta subirlos hacia la boca y terminar tocándose la punta de la nariz. Estaba intentando hacerse la interesante y, joder, lo estaba consiguiendo. Yo solo la miraba atónito, aguantándome la risa.

-¿Conspirando? -pregunté arrugando todas y cada una de las facciones de mi cara.

Entonces ella se sonrojó por primera vez y entendí que estaba coqueteando. Conmigo. Aparté la mirada un segundo, pero volví a mirarla a los ojos y por poco me sale una sonrisa de éstas majaretas, de las que te dejan en ridículo. 

-Ya sabes, conspirando para que estemos juntos, chaval, que no entiendes nada...

Hablaba en un tono seductor y casi diría que pretendía acostarse conmigo. Pero hizo una pausa que trajo toda mi teoría a la basura. Se puso seria, muy seria, y bajó la mirada hasta el vaso de agua, ya vacío. Comenzó a hacer círculos sordos con la punta del dedo índice alrededor de los bordes y volvió a levantar la mirada muy rápidamente.

-Tenemos que volver a vernos, ¿tú quieres volver a verme? Espero que sí. Podemos ir al cine, o a la playa, o podemos quedarnos aquí, sin más... Pero quiero volver a verte porque, no sé, tienes... tienes eso, ¿sabes? No sé si son esos silencios tan atractivos que te marcas, o cómo carraspeas cuando estás quedándote sin voz, o... yo qué sé, ese sonido tan ridículo que haces con la garganta cuando terminas de reírte pero aún quieres desternillarte un poco más. Me tienes ganada.

Y joder, no quería dejar de verla nunca.

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